Las Palabras crean Realidades

Palabra 011

El lenguaje no solo describe, sino que crea nuestra realidad. Las palabras abren cajones emocionales de manera rápida y automática. El tipo de “cajones emocionales” que abren depende de las experiencias que asociemos a esas palabras.

El hecho de que el lenguaje tenga acceso a este mundo emocional personal, íntimo e intransferible, tiene mucha lógica si entendemos que todos usamos las palabras para interpretar lo que nos sucede. Es a través de nuestras interpretaciones y de las valoraciones de aquellas cosas que nos pasan, como vamos generando nuestras certezas y convicciones que, poco a poco, van configurando nuestra identidad, nuestra personalidad. Son estas convicciones instaladas a nivel inconsciente las que se convierten en los puntos de referencia a la hora de determinar cuál va a ser el significado que vamos a otorgar a ciertos eventos.

El lenguaje es tan potente que basta que una persona cambie, por ejemplo, la frase “esto es algo espantoso” por “esto es un inconveniente” para que note, aunque sea ligeramente, un cambio en su mundo emocional. Recordemos que, en apariencia, las palabras son simples signos que se corresponden con unos sonidos, pero en realidad son conexiones directas a mundos emocionales personales, íntimos e intransferibles.

Llamamos “lenguaje transformacional” a aquel que tiene por sí mismo la capacidad de afectar a las emociones y los estados de ánimo. En este sentido, son fascinantes algunos de los estudios científicos que se han hecho para medir el impacto que las palabras tienen en nuestra propia fisiología, en nuestro cuerpo.

Hace años, psicólogos y psiquiatras de Estados Unidos hicieron una advertencia muy seria a familiares de mujeres que habían sido violadas, ya que descubrieron que un evento tan duro y con tanto impacto emocional podía dejar mucha más marca en la vida de esa mujer si los familiares más directos, cuando iban al hospital o a la comisaría, al visitarlas cometían una torpeza sin ser conscientes de ello. Con mucha frecuencia estos familiares, además de intentar consolar a la víctima de la violación, añadían comentarios como: “Si es que ya te lo había dicho, no tienes que ir sola por esos sitios tan oscuros”, “si es que ya te dijimos que ese chico no nos gustaba nada”, “si es que eres una persona demasiado confiada, cuantas veces te hemos dicho que no hay que fiarse de nadie”.

Ya sabemos la importancia de las interpretaciones y podemos entender que junto al evento, las emociones y las valoraciones que estas mujeres ya habían hecho, facilitadas por estos comentarios, se creaban nuevas valoraciones como: “Si es que soy estúpida”, “solo soy una ingenua” o “no hago nada bien”. Estas valoraciones pueden generar experiencias muy intensas de culpa y vergüenza que refuerzan aún más la sensación de pequeñez y limitación.

Por eso, se sugirió a los familiares que silenciaran ese deseo de adoctrinar y cambiaran su mensaje de tal manera que esas personas sometidas a tan dolorosa experiencia, lejos de sentir desprecio por sí mismas, sintieran aprecio. Fue entonces cuando empezaron a aparecer comentarios como: “”Que valor has mostrado a pesar de lo que te ha pasado”, o “has demostrado tal fortaleza y estás demostrando tanta entereza que esto sin duda lo vas a superar”. Este tipo de valoraciones tuvieron la capacidad de alterar el recuerdo a pesar de no haber cambiado el evento, el hecho en sí.

Hay un relato muy sugerente que procede de Japón y que nos recuerda el extraordinario poder de las palabras y su capacidad para alterar nuestras emociones:

                Había una vez un samurái que era muy diestro con la espada y a la vez muy soberbio y arrogante. De alguna manera, él sólo se creía alguien y algo cuando mataba a un adversario en un combate y, por eso, buscaba continuamente ocasiones para desafiar a cualquiera ante la más mínima afrenta. Era de esta manera como el samurái mantenía su idea, su concepto de sí mismo, su férrea identidad.

En una ocasión, este hombre llegó a un pueblo y vio que la gente acudía en masa a un lugar. El samurái paró en seco a una de aquellas personas y le preguntó:

¿A dónde vais todos con tanta prisa?

Noble Guerrero – le contestó aquel hombre que, probablemente, empezaba a temer por su vida-, vamos a escuchar al maestro Wei.

¿Quién es ese tal Wei?

¿Cómo es posible que no le conozcas, si el maestro Wei es conocido en toda la región?

El samurái se sintió como un estúpido ante aquel aldeano y observó el respeto que aquel hombre sentía por ese tal maestro Wei y que no parecía sentir por un samurái como él. Entonces decidió que aquél día su fama superaría a la de Wei y por eso siguió a la multitud hasta que llegaron a la enorme estancia donde el maestro iba a impartir sus enseñanzas.

El Maestro era un hombre mayor y de corta estatura por el cual el samurái sintió de inmediato un gran desprecio y una ira contenida.

Wei empezó a hablar: “En la vida hay muchas armas poderosas usadas por el hombre y, sin embargo, para mí, la más poderosa de todas es la palabra”.

Cuando el samurái escuchó aquello, no pudo contenerse y exclamó en medio de la multitud: “Sólo un viejo estúpido como tú puede hacer semejante comentario”. Entonces, sacando su katana y agitándola en el aire, prosiguió: “Ésta sí que es un arma poderosa, y no tus estúpidas palabras”.

Entonces Wei mirándole a los ojos le contestó: “Es normal que alguien como tú haya hecho ese comentario; es fácil ver que no eres más que un bastardo, un bruto sin ninguna formación, un ser sin ningunas luces y un absoluto hijo de perra”.

Cuando el samurái escuchó aquellas palabras, su rostro enrojeció y con el cuerpo tenso y la mente fuera de sí empezó a acercarse al lugar donde Wei estaba. “Anciano, despídete de tu vida porque hoy llega a su fin”.

Entonces, de forma inesperada, Wei empezó a disculparse: “Perdóname gran Señor, soy un hombre mayor y cansado que por su edad puede tener los más graves de los deslices. ¿Sabrás perdonar con tu corazón noble de guerrero a este tonto que en su locura ha podido agraviarte?”.

El samurái se paró en seco y le contestó: “Naturalmente que sí, noble Maestro Wei, acepto tus excusas”.

En aquel momento Wei le miró directamente a los ojos y le dijo: “Amigo mío, dime: ¿son o no poderosas las palabras?”.

El relato dice que en ese momento el samurái comprendió cómo lo que para él eran simples palabras habían tenido la capacidad de alterarle más que muchos de sus anteriores contrincantes, y cómo también las palabras habían tenido la capacidad de devolverle a un estado de equilibrio y serenidad como hacía tiempo que no conocía. En aquel momento, algo en su interior empezó a transformarse.

Seamos por eso muy cautos con el tipo de palabras que usamos y con el tipo de valoraciones que generemos, para evitar que no sean los eventos, sino nuestras propias valoraciones, los que nos roben nuestro poder personal y nos generen sufrimiento innecesario.

Las palabras no se las lleva el viento sino que crean realidades. Busque palabras para ayudar y no para anular. Tal vez se sorprenda de lo que empiece a suceder.

(Mario Alonso Puig)