Somos mucho más que nuestra Identidad

gusano-mariposaPara comprender cómo creamos nuestra personalidad, tenemos que ir hacia nuestro pasado para darnos cuenta de la manera en la que ciertos procesos mentales fueron dándole forma. Mientras sigamos pensando que la personalidad es algo que, como adultos, ya tenemos completamente definido, esa misma convicción va a dificultar mucho que podamos hacer nada para cambiar aquellas partes de nuestra forma de ser que verdaderamente queremos cambiar, ya que nuestras convicciones profundas afectan a nuestra percepción de la realidad.

Me gustaría que viéramos nuestra personalidad, nuestra identidad, no como una estructura rígida y definida, sino como un proceso dinámico.

Para centrarnos en el origen de nuestra personalidad, quisiera pedirle al lector que recuerde uno de esos momentos en los que tal vez siendo niño se encontraba pasando un verano u otra época del año junta al mar. Posiblemente en más de una ocasión se haya acercado a la orilla para construir una figura en la arena. ¿Se acuerda de la desolación que experimentaba cuando una ola más grande de lo previsto se llevaba en un instante aquella figura que usted había construido?

Algo similar nos pasa a las personas en la construcción de nuestra personalidad, es decir, en la definición que nos hacemos de nosotros a nosotros mismos. Con el tiempo vamos creando algo similar a una imagen en la arena, que en este caso sería un autorretrato que nos representa. Cada vez que decimos “yo soy así” o “yo no soy así”, vamos añadiendo nuevos matices a ese cuadro, a esa figura dibujada en la arena. Es fácil deducir que, si me veo de una manera, todas las conductas, todas las acciones que emprenda tendrán mucha relación con la forma en la que me veo a mí mismo.

Para definirnos a nosotros mismos, tomamos información de todas partes y, por supuesto, de las personas que tenemos a nuestro alrededor. Siempre que alguien utiliza el verbo “ser”, da una pieza de información que tenderemos a utilizar en la construcción de nuestro propio autorretrato. Así, por ejemplo, si alguien de gran autoridad para nosotros dice: “¿Para qué lo intentas si no eres capaz?”, ese comentario puede añadir un elemento de distorsión a esa imagen nuestra que estamos creando. Las personas no somos conscientes de la importancia que tiene todo aquello que sigue al verbo “ser”, ya que es a partir de este verbo que construimos mucho de lo que conforma nuestra personalidad. Por eso, los que tenemos hijos, sobrinos o alumnos hemos de ser especialmente cautos y procurar no hacer comentarios del tipo: “eres desordenado”, “eres lento”, “eres incapaz”, “eres torpe”. Suele ser más recomendable cambiar el verbo “ser” por otros verbos: “hay desorden”, “actúas con lentitud”, “te sientes incapaz”…

Lo lógico sería que nos diéramos cuenta de que nuestro autorretrato es una simple descripción que hemos hecho de nosotros mismos, pero que somos mucho más. Sin embargo, como esta descripción la vamos haciendo en etapas muy tempranas de la vida, no nos damos cuenta de hasta qué punto nos estamos identificando y apegando a ella. Una vez que ese autorretrato está definido, cuando la vida nos presenta una oportunidad en forma de reto, consultamos la imagen de nosotros mismos como si fuera un “espejito mágico” que nos revelará si, dado quienes somos, podemos hacer frente a tal desafío. Si lo que el espejo nos responde es que no, nos invadirán sentimientos de incapacidad e insuficiencia que nos bloquearán por completo.

Cuando cualquier evento de la vida o simplemente otra persona intente cambiar esa imagen que hemos creado, nos resistiremos como se resiste el niño a que la ola del mar altere la forma de la figura que, con tanto esfuerzo, ha construido en la arena. De alguna manera nos hemos llegado a creer que esa imagen, que esa personalidad, somos nosotros mismos en lugar de entender que es una representación de nosotros mismos, pero que nosotros somos mucho más. Resulta sorprendente hasta qué punto podemos resistirnos a un cambio en dicha imagen. Sin embargo, tampoco nos puede extrañar si tenemos en cuenta que nuestra personalidad es aquello a lo que nos aferramos para saber quiénes somos. Es fácil entender que exista tanto miedo a que esta imagen cambie, porque tenemos la certeza de que, si cambia, seremos incapaces de reconocernos a nosotros mismos.

Hay personas que están en un estado depresivo y no quieren salir de dicha situación aunque parezca que sí. A nivel inconsciente sabotean todos sus deseos conscientes de recuperación. En las profundidades de su mente existe el convencimiento de que “yo soy así y nada se puede hacer para que cambie”. ¿Cómo es posible que el ser humano, que se sabe tan inteligente, pueda caer en semejante trampa?, sencillamente porque la crea sin darse cuenta de que la está creando.

                En algunos sitios de Asia, para capturar ciertas variedades de monos, utilizan una trampa muy curiosa: es una caja de madera atada a un árbol. La caja tiene un orificio circular que permite que la mano estirada del mono pueda penetrar en el interior de la caja. Dentro de la caja se pone un alimento que el mono percibe como exquisito y entonces lo único que hay que hacer es esperar. Al cabo de un tiempo aparece un mono que empieza primero a explorar el lugar, para luego poco a poco introducir su mano por el orificio y agarrar el manjar que está dentro de la caja. Con el puño cerrado para que no se le escape su festín, intenta sacar la mano del orificio, pero ahora al estar cerrada y con la comida agarrada, no puede sacarla. En ese momento salen de su escondite los cazadores y con facilidad pasmosa atrapan al mono.

Nosotros somos un poco parecidos al mono: construimos una identidad, una personalidad, una descripción de nosotros mismos y nos aferramos a ella, no queremos soltarla, y cuando la vida nos dice que, si queremos mantener nuestra libertad real, hemos de soltar esa identidad, cambiar, transformarnos, no lo hacemos.

Hay una razón profunda para no soltar la identidad y es fácil de entender al menos intelectualmente. Cuando uno se ha identificado completamente con una imagen, si esa imagen desaparece, entonces la sensación que tenemos es que nos morimos, que desaparecemos. Por eso, no es que las personas no podamos cambiar, es que por dentro nos resistimos tremendamente al cambio sin darnos cuenta de ello. Es algo así como un gusano que se resistiera a verse convertido en mariposa. Yo me imagino que, en el momento en el que el gusano entra en ese espacio oscuro e informe que es el capullo para dejar que las enzimas le liberen de su identidad de gusano, sólo la confianza en que la naturaleza tiene una inteligencia superior puede hacer que se mantenga dentro del capullo y comience su fase de crisálida. Cuando se abre el capullo, el ser que sale de ahí, ya no es un gusano sino una mariposa. Ha habido no ya un cambio sino una transformación. Desde la identidad de gusano, aunque él no lo supiera, volar era una posibilidad. Sin embargo, solo una transformación en mariposa ha hecho que esa posibilidad se despliegue en una extraordinaria realidad. Lo mismo ocurre con una bellota, la cual encierra en su interior la posibilidad de una encina. Sin embargo, hasta que no desaparezca la bellota, no podrá aparecer la encina.

De la misma manera, una serie de cosas que serían posibles para nosotros, si actualizáramos nuestro potencial, no lo son porque no entran dentro de lo que es sensato y razonable desde la perspectiva de nuestra identidad. Sin embargo, lo que no es sensato ni razonable desde la perspectiva del gusano (la posibilidad de volar), sí es perfectamente razonable y sensato desde la perspectiva de la mariposa. Dicho de otra manera, cada identidad tiene una perspectiva única desde la que contempla todo y no se puede alcanzar otra perspectiva hasta que no se esté dispuesto a trascender la propia identidad, a descubrir que no somos seres rígidos con un papel fijo y determinado en la vida, sino que somos criaturas capaces de expresar una creatividad asombrosa. En esto consiste el hecho de descubrir nuestra propia magia.

En la vida, cuando algo nos importa de verdad y sentimos el miedo al vacío, hemos de confiar en que, cuando demos un paso adelante, a pesar de nuestro miedo, comenzarán a desplegarse nuestras alas.

(Mario Alonso Puig)